La vela de mi espíritu se encontraba en la superficie de la vida cuando el frío de sus aguas me inundó de miedo, gota a gota mudó la piel fósil de mis recuerdos de sangre que resplandecían en las tinieblas, su luz roja me aparecía como un mapa descrito en soledades, nómadas murmuraron cansados, dibujándo un suave grabado en los músculos de la conciencia, ésta caverna silenciosa guardaba todos los tiempos en su vientre como a sueños de estalactitas, su camino rocoso apuntaba sobre los astros, imparablemente me observó como un padre callado que al escuchar mis pasos estrujaba mi destino. Un pez ciego nadó para guiarme por la transparencia inmaculada, incorruptibles entradas múltiples estrecharon los tuétanos de mi memoria de carne, claros de luna abrazaron mis ojos sordos, sostenidos compasivamente por el puente infinito del tiempo que me enlazaba sin saber a la mano de una estela de cinco dedos extendidos.