domingo, 16 de junio de 2013

Terapia intensiva

Cuerpos blancos desalmados de tanto mirar. Doctores sin uniforme que no lo parecen. Rostros que nunca antes vi y ya significan algo importante. Realidad presente confundida con otro tiempo, remoto y transparente.

En aquéllos días de hospital; escuché el relato de una desconocida quien decía que habían salido siete cuerpos muertos la noche anterior, justo donde estaba mi hermano, pero mi hermano no era uno de ellos ni tampoco la hija de la señora que se encontró con mi madre en paralelo.

Vi entrar a un hombre envuelto en sabanas blancas en una cajuela, mientras me fumaba un cigarro.

Volví a ver al joven doctor, incrédulo y sanguinario, quería ver la compasión en su mirada, rastreaba su alma a través de sus ojos, quería que me reconociera como la hermana de aquél que en sus manos estubo.

Tomé de nuevo esa bebida con Vodka que probé por primera vez el día del ingreso, proporcionada por la jefa de mi hermana, personaje extra de nuestro plató, quien representaba el papel de la vida misma, joven para todos nosotros, fresca celebridad comprensiva y alejada, empática y superficial, de tal duplicidad aparente que nos provocaba una resistencia amorosa hacia su fatal trivialidad, zarcasticamente asombrosa de una profunda simplicidad. Entonces, ya lejana esa realidad, pareciera que nada de eso existía, pero la bebida seguía teniéndo el mismo sabor, culpablemente dulce.

Vi reir a las enfermeras gordas en el elevador como si fueran monos en la autopista, ajenas a mi mundo de antes, aparición escrupulosa en mi implacable cotidianidad y parecía el día tan trivial como si la vida en ese lugar quiciera presentarme otra cara de la existencia acostumbrada, revelaciones de otra especie resumida en carcajadas de gordas uniformadas, presisas, secretas, que me recordaban fragmentos de imágenes de los siniestros pasillos prolijos y metálicos, fríos e indiferentes ante la humanidad de mi pequeña voz.

Volví a encontrar al callado que estubo sentado a mi lado con el que sin saber porqué, intentaba compartir nuestro trance anecdotario, pero su silencio era implacable. Quería darle mi comprensiòn, sin embargo entendí que estamos todos separados por un abismo de carne y que nuestra sangre corre por distintas venas y que mi herida es sólo mía y no se puede comprender la del otro y que es mejor callar como lo hacía él, y que en ese tirano silecio podíamos unir nuestras oraciones, porque nadie experimenta en cabeza ajena hay que callar ante el dolor ajeno.

Y ahí estabamos todos, impávidos y atónitos de desconcierto, encontrándonos todos ajenos por los claros pasillos de aquella remota cotidianidad inexorable.

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