martes, 4 de octubre de 2011

Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. pp. 394

Caminábamos, juntos y separados, por los desvíos bruscos de la floresta. Nuestros pasos, que eran la parte ajena de nosotros, iban a la par, unísonos, entre la blandura crujiente de las hojas, que se esparcían, amarillas y medio verdes, por las irregularidades del suelo. Pero iban también separados porque éramos dos pensamientos, y no había entre nosotros nada en común salvo que lo que éramos pisaba al mismo tiempo el mismo suelo.
Había entrado ya el inicio del otoño, y, además de las hojas que pisábamos, oíamos caer continuamente, con el acompañamiento brusco del viento, otras hojas, o ruidos de hojas, donde quiera que íbamos o habíamos ido. No había más paisaje que la floresta que a todas las velaba. Bastaba, sin embargo, como lugar y espacio para quienes, como nosotros, no teníamos otra vida que el caminar unísono y diverso sobre un suelo agonizante. Era, creo, el fin de un día, o de cualquier día, tal vez de todos los días, en un otoño todos-los-otoños, en medio de la floresta simbólica y autentica.
Qué casas, qué deberes, qué amores habíamos abandonado -ni nosotros mismos sabríamos decirlo. No éramos, en esos momentos, más que caminantes por entre lo que habíamos olvidado y lo que no sabíamos, caballeros a pie del ideal abandonado. Pero en eso, como en el ruido continuo de las hojas pisadas, y en el ruido siempre brusco del incierto viento, consistía la razón de ser de nuestra ida, o de nuestra vuelta, pues, no conociendo el camino ni su porqué, no podíamos saber si partíamos o regresábamos. Y siempre, a nuestro alrededor, sin lugar conocido o caída vista, el ruido de las hojas que iban cubriendo el suelo adormecía de tristeza la floresta.
Ninguno de los dos quería saber del otro, pero ninguno de los dos proseguiría sin el otro. La compañía que nos hacíamos era una especie de sueño que cada uno tenía. El sonido de los pasos acompasados ayudaba a cada uno a pensar sin el otro, y los propios pasos solitarios lo habrían despertado. La floresta estaba llena de claros falsos, como si fuera falsa o estuviera acabando, pero ni acababa la falsedad ni acababa la floresta. Nuestros pasos seguían constantes al unísono, y en torno a lo que oíamos de las hojas pisadas se alzaba un vago ruido de hojas cayendo, en la floresta transformada en todo, en la floresta igual al universo.
¿Quiénes éramos? ¿Seríamos dos o dos formas de uno? No lo sabíamos, ni lo preguntábamos. Debía haber un vago sol, pues no era de noche en la floresta. Debía haber un vago fin, pues caminábamos. Debía haber algún mundo, pues había floresta. Nosotros, sin embargo, éramos ajenos a lo que fuera o pudiera ser, caminantes acompasados e interminables sobre hojas muertas, oyentes anónimos e imposibles de hojas cayendo. Nada más. Un susurro, brusco unas veces y suave otras, del viento misterioso, un murmullo, unas veces alto y otras bajo, de las hojas prisioneras, un resquicio, una duda, un propósito cumplido, una ilusión que ni siquiera fue – la floresta, los dos caminantes, y yo, yo, que no sé cuál de los dos era, o si era los dos, o ninguno, y asistí, sin ver el final, a la tragedia de que no hubiera nunca más que otoño y floresta y el viento siempre brusco y misterioso y las hojas siempre caídas o cayendo. Y siempre, como si de verdad hubiera un sol y un día, se veía con toda claridad, sin finalidad alguna, en el silencio rumuroso de la floresta.

No hay comentarios:

Publicar un comentario